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Libertad en las aulas

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La educación se ha entendido, tradicionalmente, como un proceso instructivo en el que los alumnos son receptores de conocimientos que vierten sobre ellos los profesores de una determinada materia. Sin embargo, el poder y el papel de los docentes en las aulas y en los centros educativos ha sido muy discutido a lo largo de la historia. A pesar de estas discusiones, en la actualidad queda suficientemente constatado que su papel no se limita únicamente a impartir determinadas materias, sino que la tarea como profesor va mucho más allá, puesto que es difícil encontrarse con una institución o con personal docente que reste importancia a la educación en valores.

Pero es aquí donde surge la problemática y el desconocimiento de si en la condición de personas e individuos, los profesores acarrean en sus enseñanzas el reflejo de sus propias ideas, emociones, valores, creencias e ideologías. Esta “mochila ideológica” formaría parte de las enseñanzas a los alumnos de manera oculta, llegando a hacerse, en algunos casos, de forma consciente. Por tanto, estaremos hablando de una posible situación de manipulación, algo que en la docencia tiene unos riesgos definitivamente considerables y muy importantes frente a los que se debe reflexionar.

Lógicamente hay que enmarcar este artículo como una crítica a la posible manipulación que se da en casos particulares en las aulas y no de forma generalizada. Quiero constatar que no se trata de una caza de brujas hacia el personal docente, que merece nuestro respeto por la labor social y educacional que realizan, sino que es una reflexión a cerca de nuestra realidad en las aulas.

Hace pocas semanas, nuestros compañeros de Nuevas Generaciones de Castellón reflexionaron sobre este mismo tema y lanzaron a las redes sociales la campaña #quenotelien, con el objetivo de que los alumnos pudieran “denunciar” formas de adoctrinamiento o manipulación en las aulas de una forma totalmente anónima. Sin embargo, esta campaña no ha sido de la simpatía de algunos grupos políticos y no ha caído en gracia en algunos partidos de izquierdas y catalanistas. Por este motivo, tales partidos han denunciado este campaña, ya que la consideran un intento de “persecución ideológica” o una “práctica antidemocrática”.

Causa asombro esta reacción por parte de este sector político, sabedores de que en cualquier grado de enseñanza, bien sea infantil, primaria, secundaria, módulos de formación profesional o grados universitarios, se trata con alumnado que, dependiendo del nivel de enseñanza o de sus propias aptitudes y actitudes, serán más o menos volubles, estarán más o menos formados en cuanto a sus ideologías se refiere y, en consecuencia, serán más susceptibles o más manipulables frente a todo lo que acontece a su alrededor y frente a las valoraciones y posiciones de sus docentes, con el considerable “poder fáctico” que presuponemos, estos tienen en el aula.

¿Por qué ignorar entonces un problema del que todos somos conscientes? ¿Por qué tachar de “antidemocrática” esta campaña que defiende ante todo la libertad de expresión frente a una posible desmesurada libertad de cátedra?

Es preciso hablar con delicadeza sobre este derecho. La libertad de cátedra ha sido objeto de matizaciones en cuanto a su interpretación, ya que por ejemplo, en reiteradas ocasiones, el mismo Tribunal Constitucional ha tenido que pronunciarse a través de sus sentencias. Éste entiende la libertad de cátedra cómo “un derecho marcadamente público, cuyo contenido esta orientado de modo directo en beneficio de la sociedad y, en este caso, concretamente de la ciencia” o cómo “una proyección de la libertad ideológica y del derecho a difundir libremente ideas y opiniones que cada profesor asume como propias en relación con la materia objeto de enseñanza”. En definitiva, la libertad de cátedra ha de entenderse como el derecho que tiene cualquier profesor, con independencia del nivel educativo y en consonancia con su puesto docente, de desempeñar su trabajo de acuerdo con sus conocimientos y opiniones sobre una determinada materia. Ahora bien, evidentemente, la libertad de cátedra, como otros derechos, posee límites.

Por otro lado, la educación es el proceso de perfeccionamiento de la persona que se lleva a cabo mediante la instrucción/información, personalización, socialización, etc., es decir, es un proceso planeado anteriormente que esta cargado de intención y sistematización.

Pero entonces, ¿qué separa la libertad de cátedra de la manipulación? Se entiende la manipulación como el influjo indirecto, a través del cual se intenta conseguir decisiones no libres, que se encuentran influenciadas por otros factores y controladas por la voluntad de otro individuo.
Se podría decir que desde Platón y Aristóteles, ha existido la intencionalidad en la educación. Sin embargo, aunque admitamos que toda educación tiene una intencionalidad, deberían ser fijados unos límites para ayudar al desarrollo del alumnado teniendo en cuenta sus derechos: la naturaleza humana (susceptible de ser herida) la libertad del alumnado, la ignorancia del mismo, que requiere cautela por parte del docente, y el pluralismo político y axiológico.

Es evidente que nos encontramos ante un problema complejo dentro de nuestro sistema educativo del que debemos ser conscientes. Existe una imagen del profesor Tonucci que me gustaría llevar a reflexión en este sentido.

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Bajo mi humilde punto de vista, en ocasiones, la escuela actual se asemeja bastante a esta interpretación. Sin embargo, éste no debiera ser el ideal de nuestros centros educativos. Nuestras escuelas deben ser lugares donde se den oportunidades, donde se potencie al máximo al alumnado, motivándole a estudiar y a conseguir metas. La escuela debe ser una institución donde se adquieran conocimientos, a través de los cuales los alumnos y alumnas puedan conseguir ser personas libres, dotados de medios para formar, defender y mantener sus opiniones e ideas. Y es de suma importancia que los docentes sepan cuál es su función de cara a este alumnado, cuáles son los limites que deben establecer a ese poder fáctico (por llamarlo de algún modo) y a esa libertad de cátedra, para no llegar a influir de forma drástica en su propio desarrollo como personas auto-críticas con la realidad y la sociedad que los rodea.

Si todos estamos de acuerdo en esto, ¿quien está en contra de #QueNoTeLien?.


Sandra Fas Mompó
Licenciada en Derecho y Máster en profesor de educación secundaria

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