El nazismo de ETA: de Adolf Eichmann a Ortega Lara

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Jose Miguel Martínez Castelló

Los meses de verano son propicios para olvidar y dejar en barbecho los problemas que nos invaden a diario.  Pero este período estival es del todo atípico. En concreto, el mes de julio de este año, hace imposible todo descanso frente aquello que nos incumbe como ciudadanos y actores de la historia. No me estoy refiriendo a los problemas de la deuda y al cierre del crédito por parte de los mercados financieros. Me refiero a dos aniversarios que difieren en el tiempo y en el espacio, pero que jamás deberíamos olvidar porque están íntimamente conectados. Son esenciales para la salud de nuestra democracia. Si sucumbimos a lo planeado por sus protagonistas, desapareceremos como sociedad, y la actual depresión que padecemos será una broma en comparación con lo que se llegaría a instaurar. El primero, el 50 aniversario del juicio a Otto Adolf Eichmann, el principal organizador del exterminio de seis millones de judíos. El segundo, el 15 aniversario de la liberación de José Ortega Lara, secuestrado por ETA 532 días y que la competencia y el buen hacer de siempre de la Guardia Civil evitó una muerte y salvó un testimonio para madurar la conciencia de todo un país.

Si queremos entender la conexión entre estos dos acontecimientos, antes debemos acudir a otro aniversario que estamos celebrando y que es clave para luchar contra aquello que Eichmann quiso instaurar y aquello que Ortega Lara evitó. Es aquello que nos une a todos y no es más que la defensa de la democracia frente a la barbarie y la defensa de la humanidad y el diálogo frente al recurso del odio y la violencia como las únicas armas de socialización y humanismo. El aniversario del que hablo es el encuentro y el pacto que sellaron, a través de una misa compartida, el entonces canciller alemán Konrad Adenauer y el presidente francés Charles de Gaulle en Reims –al Norte de Francia- en 1962. Ahí se formalizó una unión entre dos países, Francia y Alemania, que habían provocado millones de muertos en las dos guerras mundiales. Estas dos potencias entendieron, entonces, que en la unión estaba su fuerza puesto que atisbaron la lógica del mundo contemporáneo y que para sobrevivir necesitaban reforzar un proyecto, un sueño, un anhelo proveniente de la Antigüedad clásica que ya atisbaron Platón, Séneca y Eurípides: Europa.

Meses después Adenauer y De Gaulle hicieron realidad lo que se conoce como Trato del Elíseo. Reims fue la ciudad elegida a conciencia y que viene a explicar la conexión que quiero demostrar entre el nazismo y ETA: Reims fue ocupada por los prusianos en 1870 devastada por los bombardeos de la I Guerra Mundial (1914-1918) y fue allí donde el Tercer Reich firmó la capitulación que puso fin a la Segunda Guerra Mundial. Reims es el ejemplo de la destrucción, de la antipolítica, pero sobre todo de la evasión de responsabilidades frente al mal, la minusvaloración de todo aquello que no es defendible en democracia. Es, como veremos, la implantación de la banalización del mal, el verdadero principio del fin de nuestro sistema de principios y valores. En Reims, Merkel y Hollnade celebrando el aniversario, tuvieron palabras destacadas para Adenauer y De Gaulle: “Ambos hicieron avanzar la historia”; “Esta amistad entre Francia y Alemania, símbolo de la Europa a la que aspiramos, se cultiva, no se hereda; no se conmemora, se comparte; no se merece, se conquista”.  La sociedad europea, especialmente, la española, debe cultivar, compartir y conquistar espacios que todavía hoy están silenciados por la impunidad y la condescendencia con los violentos. Ser europeos y españoles implica que estos espacios deben transformarse en espacio vetado para aquellos que no creen en la libertad y están dispuestos a desarrollar sus proyectos políticos a partir de la amenaza, la extorsión y el asesinato. Necesitamos saber encuadrar cada acontecimiento histórico en el lugar que se merece, sin miedos históricos ni reservas políticas. Para ello, y a mi juicio, tenemos que acudir a Eichmann para desembocar, finalmente, en ETA y sus sabuesos, que hoy son Bildu y compañía.

¿Quién era Adolf Eichmann? ¿Qué nos puede enseñar en la actualidad? Eichmann fue quien diseñó toda la logística para perpetrar el exterminio de los judíos para hacer realidad el sueño del nazismo que Hitler expuso en su libro Mi lucha en 1925. Eichmann organizó todos los trayectos de los trenes que transportaban a los judíos a los campos de exterminio. Además, y junto a Mengele, participó en idear, no sólo los crematorios y las gasificaciones en masa de los propios judíos, sino en las consecuencias prácticas de dicho exterminio. Eichmann pudo escapar a Argentina en 1945 hasta que en 1962 Ben Gurión, creador del Estado de Israel y entonces primer Ministro, ordenó a un comando del Mossad, sus servicios secretos, secuestrarlo y llevarlo a Israel y así poder juzgarlo. Israel lo consiguió, y con ello instauró el derecho internacional al vulnerar la soberanía de otro país como Argentina. Se produjo una vulneración para posibilitar una justicia.

El mayor testimonio del juicio a Eichmann fue la obra magistral de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal. Libro que debería ser de obligada lectura, al menos, en Bachillerato junto al Castellio contra Calvino de Stephan Zweig. Arendt presente en el juicio, y víctima con su familia de la persecución de los nazis a manos de la Gestapo, y que les obligó a huir a Nueva York, traza unas conclusiones que describen a la perfección la esencia de cualquier totalitarismo y ETA y su entorno es un ejemplo de modelo totalitario.

La primera característica del totalitarismo, de Eichmann, del nazismo y en este caso, de ETA, es que sus miembros, aquellos que lo hacen posible no son psicópatas delirantes ni locos. Como Eichmann, buen padre de familia, funcionario cumplidor donde los haya, ciudadano ejemplar… como el mundo abertzale y muchos etarras. Cuántas veces los vemos salir de las cárceles y abrazarse de forma efusiva y sincera con sus familiares y amigos. Sabemos que son capaces de amar, que estudian en la Universidad, que llevan una vida normal, pero que al enrolarse en las filas de ETA y de su entramado, simple y llanamente, cumplen órdenes. Precisamente Eichmann de la mano de su abogado, el suizo Robert Servatius, y pagado curiosamente por el Estado de Israel, aducía que el cumplía órdenes, y que obviaba la gravedad de las consecuencias de sus decisiones. Muchos etarras repiten este planteamiento cuando pasan largas temporadas en las cárceles; no recuerdan muy bien el por qué de la detonación de un coche bomba, quién dictaba las órdenes o el fin de aquello que preparaban durante meses.  Eichmann recurría al recurso de pertenecer al funcionariado del Estado.  ¿Cuántas veces escuchamos a miembros de ETA o de la izquierda abertzale escudarse de las muertes que han provocado en el rol de lo que tildan como conflicto armado o lo que vergonzantemente llaman contexto de pacificación?

Sin embargo, hay un concepto que Eichmann saca a colación y que BIldu-Amaiur-Sortu vuelve a recuperar y es la prescripción de los delitos. Arendt cree que la enseñanza histórica y moral del juicio a Eichmann es que existen delitos que no pueden prescribir. Hay ciertas cuestiones que podemos perdonar en el ámbito moral, pero que en el nivel penal y normativo de derecho, dentro del sistema democrático, jamás podemos olvidar. A muchos se oye hablar de pasar página, ser valientes, y tomar decisiones históricas.  Pero da pavor escuchar a los miembros de Bildu-Amaiur-Sortu en el Congreso y negarse a contestar la simple pregunta: “¿Condenan ustedes los 800 asesinatos de ETA?”. Su respuesta: “No contestaremos a esa pregunta, creo que está, como siempre, sacada de contexto”.

Todavía se niegan a repudiar a ETA,  pero no sólo eso, no piden que la banda entregue las armas y mantienen un silencio abyecto frente a la ejecución de Miguel Ángel Blanco. Pero ¿qué esperamos de toda esta gente? El asesor del alcalde de San Sebastián ha sido pillado diciéndoles a dos jóvenes el día que España ganó la Eurocopa frente a Italia: “Os voy a pegar dos tiros”. El delito de los dos jóvenes: portar una bandera de la selección. Pero es que Laura Mintegi, candidata de la izquierda abertzale a las próximas elecciones vascas, dijo hace unos días que la disolución de ETA no sería un avance en el “proceso de paz”.  Este es el nazismo de ETA, cuando las personas dejan de serlo para convertirlos en simples objetivos políticos. La dignidad, la inviolabilidad de la vida humana, deja de ser sagrada para convertirse en algo manoseado y violado al antojo de unas ensoñaciones enmarcadas en la violencia y el odio ancestral. La educación hitleriana hacía lo mismo en las escuelas. Pregunten en las ikastolas qué piensan de todo aquello que tiene que ver con lo español. Verán, se asustarán, esquemas racistas, discursos donde la sangre, la procedencia y la lengua están por encima de los derechos y libertades individuales de las personas.  Esto es, aquello que defiende la democracia occidental y europea.

Finalmente, lo que une al nazismo con ETA es una imagen reveladora. Recuerden la foto que ha hecho historia del momento que Ortega Lara sale del coche después de ser liberado a su llegada a casa en Burgos el 1 de julio de 1997. La clave es su mirada. Denota dolor, aturdimiento, desubicación… con esa barba de más de 500 días, pero sobre todo lo que nos indica es incomprensión, de no poder asumir lo ocurrido. Ortega Lara repite la misma expresión que miles de judíos fotografiados a su llegada a los campos de exterminio transportados en trenes; en trenes que preparó concienzudamente Adolf Eichmann.

Cuando algo fallaba en los campos de exterminio, los nazis producían ejecuciones en masa. Mucha gente olvida que la ejecución de Miguel Ángel Blanco se produjo 9 días después de la liberación de Ortega Lara, como respuesta y venganza. Muerte por muerte, desolación por desolación. En estos días donde pensamos y soñamos en la visita de los hombres de negro, la Troika, los funcionarios de Bruselas, deberíamos guardar un pequeño hueco en nuestra memoria de otros hechos que pueden hacer que nos vayan mejor las cosas. Un país rendido y fascinados por los atajos que imponen los violentos, aquellos que no creen en lo que da estabilidad y seguridad a nuestras vidas, la ley y la ética en la política y la sociedad, puede hacer que un país sea intervenido de forma histórica y para siempre, no ya por los mercados, sino por la decencia y el sentido común de la historia.

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